Paso por delante de una parada, y veo el coche del Red Bull gratis. Se me apeteció, así que fui a toda leche hacia la rotonda para volver a la parada, entrar, y esperar a que las dos chicas me ofrecieran amablemente uno.
Llego a la parada, yo entrando, ellas saliendo. -¡Mierda! ¡Esto no queda así!- Las persigo, veo que giran la esquina y van a la siguiente parada, pero no aparcan, solo se detienen al lado de los dos taxis que hay en ese momento. Yo llegando.... y se van. Ninguno de los dos taxista quiso Red Bull. Vuelvo a perseguirlas. Ya era por orgullo.
Llegan al final de la calle, giran 180º y vuelven a meterse en la calle -¿Vacilando?- Aparcan y con cara de lástima les pido uno. Bien, por fin mi Red Bull fresquito. Doy un sorbo. A diez metros clientes. Dejo el Red Bull en el posavasos -entre los dos cinturones- y suben los clientes.
Un maloliente y sudoroso hombre sube delante. Al ponerse el cinto veo como su mano sudada y grasienta soba y resoba mi latita por encima. Ya no quiero Red Bull.
Lo que no está para uno...
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